15 de enero de 2013

Diecinueve eneros


Para algunos las cosas son más sencillas que para otros… Como prueba de eso esa escena, en la que  estamos ahí, todos juntos, en ese enero, en el patio de la escuela, sentados, sin prisa, compartiendo un buen rato, esperando que terminen nuestras actividades del día (En contraste con otros que no pueden acceder a una educación media superior aun cuando se trate de una escuela pública). En este escenario en particular, algunos tienen las mochilas ya en sus hombros; El lugar está lleno de gente que va y viene con una trayectoria premeditada que se cumple tranquilamente. El frío de la tarde se siente en la piel, pero eso no es importante, porque lo que domina el ambiente, es el bullicio de docenas de pláticas simultáneas y las risotadas de algún integrante de los grupos vecinos. Hablamos de cualquier cosa, hablamos de todo y no hablamos de nada. Poco a poco se va extinguiendo la luz natural del día y en menos de treinta minutos pasamos por todos todas las tonalidades del atardecer sobre nuestra humanidad, hasta que la obscuridad obliga a encender las luces de la escuela; Es entonces cuando el escenario cambia y se convierte en una versión artificialmente iluminada de las cosas, pero eso no apaga nuestro ánimo, ya que aún continuamos departiendo ese tiempo juntos, sin que parezca importar nada más, sin que todo lo que pasa fuera del plantel fuera importante, estamos en el aquí y el ahora, con esa soltura que nos permite fluir como si fuéramos peces dentro del agua.

Fuera del cuadro, todos los ahí reunidos tenemos origines distintos, historias muy diferentes que se fueron dando de manera tal, que nos permitieron coincidir de manera única e irrepetible en este lugar. Y aun cuando a todos nos están otorgando los mismos conocimientos sin ninguna clase de distingo, aun no nos queda claro (probablemente ni siquiera pase por nuestras mentes) que no todos tendremos la misma igualdad de oportunidades cuando terminemos el año escolar y nuestros rumbos sean distintos.

Por lo pronto en ese día frío de enero, todo termina bien. Hemos concluido nuestras actividades de manera satisfactoria y los novios solitarios ya se empiezan a acurrucar en los recovecos que el lugar tiene para otros efectos, pero que ellos adoptan como provisionales rinconcitos en los que pueden guarecerse del frío (¡como si les hiciera falta!) dando pie a cientos de historias que están a la vista de la multitud, pero que han de quedar grabadas en su memoria privada. En ese momento nos disponemos a ir a casa, en donde se acabará el encanto de estar todos reunidos, en donde nuestras historias individuales nos reclamaran pagarle lo que les debamos y nos instalemos en las versiones individuales de nuestra realidad (buena o mala), soñando con que lo que estamos haciendo nos ayude a construir un futuro que en ese momento se añora, pero que aún se antoja lejano.

Diecinueve eneros después, una parte (venida a menos en número) del grupo original se vuelve a reunir en casa de uno de los integrantes. El resumen no platicado de lo que ha pasado entre los dos puntos del tiempo, es visible y tan transparente que no se puede esconder, aunque se quiera. Cada quien ha asumido la responsabilidad de tomar sus propias decisiones, ha hecho lo que mejor le pareció conveniente (o lo que mejor se pudo), han vuelto a ordenar la jerarquía de lo que le pareció importante en momentos puntuales de su vida y se encuentra aquí hoy, viviendo su actual versión de realidad, con las cartas que le han asignado y que a discreción ha decidido jugar o no. Pero el objetivo por el que se han reunido no es es discutir (primordialmente) esos temas, que siempre terminan saliendo; En esta nueva escena, hay sólo cuatro miembros del grupo original (todos pasan de treinta), cada uno de ellos está sosteniendo una cerveza en la mano, se encuentra al pie del asador, cortando pedacitos de carne blanda, mientras platican de todo y de nada, sintiendo el frío de la tarde; Pero eso no es lo importante, lo importante es el calor de la plática, con el bullicio de los niños y las esposas alrededor y la tranquilidad del fin de semana que nos permite tener la extraordinaria sensación de saber que tenemos una historia común, en la que hemos sido lo suficientemente importantes como para impactar sus vidas al mínimo nivel requerido, como para reunirnos diecinueve eneros después sin poder creer que el tiempo haya pasado con esa rapidez y queriendo traer al día de hoy un poco de la magia que ocurría al interior de las instalaciones de la escuela, mientras sobre nosotros empiezan a representarse todas las tonalidades del atardecer.

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